Llegar a un hotel puede ser bastante estresante, sobre todo si no conoces Lisboa. Permítete frenar un momento.
Nada más entrar en el Patrimonio Hotel Avenida Liberdadedejas atrás el ajetreo de la cosmopolita Lisboa y te sumerges en un ambiente tranquilo.
Tu mirada comienza inmediatamente a recorrer todos los detalles con los que el vestíbulo de este Hotel Boutique de Lisboa te da la bienvenida.
Una enorme altura de techo, que cuenta con elegantes ventanas de 4 metros de altura flanqueadas por azulejos azules y blancos del 18a siglo XVIII, en su mayoría originales -otros meticulosamente replicados- que atestiguan con detalle el paso del tiempo.
El escritorio con mil cajones
A la izquierda, según entras, está el ex-libris de este Hotel Boutique de Lisboa. Un escritorio de la antigua herboristería Ervanária Hermética que antaño ocupaba todo el espacio.
Una pieza sorprendente que incita a la curiosidad instantánea por sus numerosos cajones grandes y pequeños.
Hay estanterías en las que se exponen productos portugueses, que hoy, como souvenirs, recorren el mundo en el equipaje de quienes regresan a casa.
Al final del mostrador, independientemente de la hora, hay té y café bajo un cartel, también original de Ervanária Hermética.
Un edificio histórico donde se encuentran el pasado y el presente
Pero hay más de ese tiempo para contar la historia. Dos puertas se abren de par en par, con toda su grandeza y su color azul original, para dar paso a la rampa de acceso.
Quien entra aquí ve la moderna y peculiar lámpara de araña que brilla antagónicamente a través de la opulencia y la sencillez, sin competir con los detalles anticuados que dan vida al espacio.
Es una de las pocas piezas que no rezuma Historia, sino que nos hace prever que pasado y presente conviven en armonía en este Hotel. Y seguimos en la entrada.
Subiendo. Un hotel boutique con vistas cosmopolitas
Para llegar a las habitaciones, hay un ascensor con suficientes detalles como para cautivarnos durante el corto trayecto.
En las puertas hay poemas de autores portugueses que acortan el tiempo de espera antes de empezar.
Al entrar, parece como si estuviéramos pisando una de las calles de Lisboa. Bajo nuestros pies hay un suelo de adoquines típicos portugueses impecablemente pulido y, esperándonos, está el tranvía 28.
Una invitación a explorar la ciudad aún de puertas adentro.
